martes, 20 de abril de 2010

Relato de una ficción personal


Dos horas han transcurrido desde que el médico cargara de gravedad la negación de mis funciones vitales. Lo hizo con aplomo calculado, meneando la cabeza: primero a la derecha, luego a la izquierda; a la derecha de nuevo , a la izquierda..., hasta que el llanto de María Julia rompió el ciclo que sobre el eje de sus vértebras parecía prolongarse en rítmicas pulsaciones a lo largo del estetoscopio que descansaba sobre mi pecho, apretando vellosidades. Tum-tum-tum. Pensé por un momento que eran los latidos del que había sido mi corazón.


María Julia despidió al médico. Él la consoló con un abrazo que, desde donde estoy, me pareció un poco lascivo.


Allá abajo está el que fuera mi cuerpo, pálido y aún hermoso. Me contemplo (o mejor dicho, contemplo lo que fui) con una mezcla de curiosidad e incertidumbre, como si asistiera a la despedida inevitable y sin regreso de un viejo amigo.


Me da pena con María Julia, que ya vuelve, arreglándose el pelo que se le enreda en el nerviosismo de los dedos. Ella no puede verme; aunque casi la podría tocar, si dejara de sujetarme de los brazos de la lámpara y me deslizara, suavemente.


Mi nuevo yo se refleja en las facetas de los cristales cercanos a las bombillas. Soy de color verdeazulado, sin forma precisa, como una nubecilla de vapor coloreado. Otros colores se acercan a mí de vez en cuando, pero no creo que sea el prisma o la fluctuación de intensidade de mis irradiaciones; sino la tímida aproximación de otros entes que vienen a curiosearme sin atreverse a hacer a hacer contacto ante el apego que muestro por este plano del cual me despido.


Finalmente se acercó uno que por el volumen rojizo de su aura, me pareció gordo. Percibí una sonrisa, aunque no la vi. Extendió hacia mí lo que debía ser un brazo, vagamente definido. Sin escuchar voz alguna, supe que hablaba. Me preguntó por qué estaba triste y por qué me aferraba con tal firmeza al metal de la lámpara. Le conté de mi enfermedad, prolongada y devastadora y de cómo ésta me había arrebatado la oportunidad de viajar y conocer lugares que siempre me había interesado visitar en este mundo (al cual el ente llamaba Fase-Terra, si no mal entiendo).


"¿A dónde quieres ir?", preguntó, con la displicencia de quien puede otorgar la realización de un deseo soez. "Al sitio de mis antepasado", dije, avergonzado súbitamente de lo poco preparado que estaba para abandonar la dimensión que horas antes aún me perteneciera.


El ente palmeó con resignación el esbozo de mi hombro. El contacto repentino de frecuencias disímiles hizo que explotara una bombilla en pálido relámpago cuyo estallido se desvaneció en fina llovizna de vidrios rotos. María Julia volvió el rostro, sobresaltada, saliendo luego aprisa al salón contiguo. La oí alejarse, apretando un sollozo.


"¿Qué lugares te gustaría conocer, específicamente?". No advertí displicencia esta vez; sino más bien, un tono danzarino y juguetón en la modulación de su pregunta.


Repetí que gustaría de visitar la cuna ancestral de mis progenitores durante mi más reciente encarnación. Sonrió nuevamente, mientras su aura se ondulaba de un tenue color violado que causó en mí la impresión del ronroneo de un gato.


"Pero tus antepasados más recientes tuvieron origen en tres lugares de Fase-Terra diferentes..."


No había pensado yo en este inconveniente.


Debo parecer muy desconcertado. Los fragmentos de la bombilla rota reflejan ahora un verde seco, deprimente y oscuro.


Mi interlocutor debe haberlo advertido. Describiendo una espiral en el aire se tornó amarillo, tocándome luego en el lugar de mi frente con tal impacto, que me dejó aturdido; rodeado del chisporroteo alegre que infundía su toque mágico.


Cuando cesó el baño de aerolitos, maravillé mi entendimiento con la proeza de su acto, porque yo estaba dividido en tres yoes diferentes y al mismo tiempo, integrales, y en cada montoncito de vapor verde-brillante había una parte de mi cuerpo físico que me identificaba con el origen de mis antepasados más inmediatos. De suerte que, según el ente, que ahora se divertía a carcajadas girando sobre sí mismo contra el cielo raso: mis ojos verían los paisajes de China, mi nariz olería los perfumes de África; mientras mi boca (dotada aún con las facultades del habla y del paladar) viajaría hasta donde se hallara el sitio de asentamiento de mi primer antepasado en España.


Sería un viaje fantástico, según calculaba el ente: apreciaría, de forma diferente, tres áreas distintas en geografía y tiempo. Un día-etéreo concedió a tal aventura, que en la magnitud de los hombres equivale —comentó— a una hora faseterrena, con tres minutos y medio.


Sopló el ente —deseándome, con el mejor de us lilas— buena suerte. Antes de atravesar el techo y salir afuera, miré el cadáver que constituyera mi cuerpo. El rostro era un óvalo liso sin manchas sanguinolentas ni agujeros. . Me alegré, pensando en María Julia. A su perplejidad no se sumaría la repulsión del asco si descubría la ausencia de facciones en mis restos.


Salí al exterior guiado por una fuerza intuitiva que no sé aún si manaba del ente o manaba de mí mismo. La nariz y los dientes sintieron el frío de la noche. Los ojos pestañearon, dilatándose en la oscuridad hasta abarcar el paisaje de techos, antenas parabólicas, árboles y perros callejeros, cada vez más alejados a medida que ganaba altura. Estornudó mi apéndice nasal. Castañetearon los dientes, yendo cada uno por su rumbo; pero sintiendo yo, a la vez, la percepción de cada estímulo registrado, al unísono, como si mis rasgos en lugar de separarse, se extendieran infinitamente en un rostro progresivo que ganaba cada vez mayores distancias.


Comprendí, sólo entonces, que no necesitaba de ninguno de mi sentidos físicos para percibir las sensaciones que alrededor mío se transmutaban, con la desventaja de no poder yo, en mi estado etéreo, interactuar con dichos estímulos, sino más bien, recibirlos y observarlos como a través de un fino velo; lo que no dejaba de causarme cierta contrariedad ya que solamente mediante el uso de mis facciones carnales podía calibrar a plenitud la riqueza de tan variada experiencia.


Mi exploración en tres niveles de tiempo disímiles fue mucho más dramática que mi desplazamiento en el espacio, debido, sobre todo, a mi propensión al vértigo, y al hecho de que no todas las partes físicas de lo que fue mi cuerpo arribaron a su destino respectivo sincronizadamente (lo que sería imposible tratándose de un viaje en el tiempo hacia tres períodos históricos diferentes); de manera que, cuando mis ojos llegaron a la China del siglo XV, mi nariz y mi boca vagaban aún en el continuum que las arrastraría a su propio origen.


La deceleración del plano temporal se pareció —a medida que se hacía más lenta y estable— a un aterrizaje. Pude así ver, en el mareo de mi arribo, los picos elevados del Himalaya; la parda longitud de los ríos sinuosos (cuyas márgenes contenían apenas el verdor de las junglas que amenazaba con desposarlos); la pausada ondulación de las terrazas y los campos cultivados de arroz y trigo; el volar pterodactílico de las cigüeñas: el oro en las cúpulas de las pagodas dejadas atrás en territorios de la India y Nepal.


Sobrevolé de esta forma, en ya lenta regresión temporal, las vastas planicies del nordeste, y los campos cultivados de té del valle del Yangtzé, deteniéndome finalmente en la zona costera del sureste que comprende Shanghai, Yuhwan, Kitchioh y Guangzhou, hasta posarme (vale aquí la analogía) en la fértil llanura que baña el delta del Xi Jiang, a poca distancia de la ciudad de Cantón, de la cual divisaba su amplio puerto cruzado por sampanes y otras embarcaciones de mayor calado, entre ellas, dos barcos portugueses, y un buque con pabellón de Inglaterra.


Me adentré en los arrabales de la urbe que partían del puerto; entre las casas de construcción ligera que flanqueaban estrechas calles de lodo y piedra, encontrando de trecho en trecho la algarabía que salía los establecimientos donde bebían los marineros, envueltos en efluvios de jengibre y pescado frito.


Decidí entrar en uno de aquellos tugurios. Flotando alto, por encima de las cabezas, decidí ocultar mis ojos tras la máscara de un dragón de bronce, y atisbar desde allí el movimiento del gentío que a esta hora de la tarde se conducía con animado desparpajo, sobre todo las prostitutas, que abrían sus camisones de seda, dejando que los hombres tocaran la menuda mercancía de sus cuerpos breves.


En medio del barullo se abrió la puerta, dando paso a un palanquín que dos portadores chinos depositaron al centro del salón con abundancia de genuflexiones. De él salió una mujer rubia, envuelta en finos velos de holán y seda, a la usanza de las odaliscas árabes.


Puso el pie sobre las manos de cien hombres que deseosos la cortejaron, declarando reina absoluta del recinto a aquella beldad de procedencia extranjera.


Absorto me encontraba en la contemplación de la escena cuando me sacudió un estremecimiento. Mi nariz había llegado al tiempo remoto del África virgen donde había nacido el primero de mis antepasados negros. Me sorprendió la mezcla de estos nuevos olores con el del jengibre. Olía a lluvia, a ozono recién liberado que partía de la selva —densa y misteriosa como los perfumes que originaba—, reconociendo en cada aroma, por instinto ancestral, la esencia de cada animal, de cada hoja, de cada flor desvelada al paso del vendaval; de cada centímetro de tierra aún no violada.


Es una sensación única el participar de dos hechos cuya oposición espacial, temporal y perceptiva es total. Así, mientras mi abuela de generaciones incontables se daba a las caricias del cantonés más adinerado en aquel salón de mala muerte (dando inicio a una estirpe de asaltadores de caminos rurales que luego se irían a América a probar fortuna, transformándose unos en comerciantes de mercaderías; los otros, en traficantes de opio), yo respiraba la naturaleza de otro sitio en otro tiempo, cruzando en mi andar las manchas leonadas de una pantera, el susurro de aves extrañas desprovistas de vuelo, las huellas húmedas de una manada de elefantes cuyo rumbo apuntaba a la extensión abierta de la sabana inacabable, inundada con la preñez reventada de las aguas del Nilo. Llegué de esta manera, con pobre visión y agudo olfato (percibiendo, sin embargo, cada sonido articulado, nítidamente), al límite que con la selva demarcaba una alta empalizada construída con troncos de palmera.


Los tambores me anticiparon el ritual de la danza. El aire estaba hinchado de emanaciones alquímicas templadas al fuego. Atravesé la empalizada. Me zarandeó la vibración del sonido. Mi abuelo ancestral, alto y oscuro, danzaba, lanzando puñados de azufre a la voracidad contenida de una hoguera. Su cuerpo, abrillantado y hermoso, despedía el rancio olor del varón indómito conquistado por la selva.


Tamboreó de nuevo el aire. Las seis concubinas levantaron los brazos. Frente al claro que abrían las chozas de lodo y paja, las poseyó a todas, de dos en dos. Reafirmó así, en presencia del fuego, la fertilidad de la tribu.


Estornudé, irritado por las bocanadas de sulfuro.


Sentí entonces una convulsión que me hizo perder la ingravidez de mi equilibrio. Caí, nariz en tierra; no recuperándome hasta tener plena conciencia de que el recorrido de mi boca había finalizado en la España cristiana.


A mis dos experiencias sin par se sumaba esta tercera, en la penumbra de un calabozo sevillano, mientras mis ojos registraban el orgiástico desorden del burdel cantonés y mi nariz inhalaba el acre exotismo de tierras de África.


En un rincón de la celda escribía un hombre (entrecano, con nariz pronunciada y aguileña; sus ojos, cansados a la mísera lumbre de una vela, denunciaban, en el arco noble de sus cejas, el sello judaico que su madre le imprimiera).


— Don Miguel... —me atreví a decir—.


Levantó la vista, descubriendo la blancura de mis dientes en el claroscuro. No se inmutó:


— Si alma de Dios eres que precisa compañía, quédate; pero si eres engendro del Demonio, mejor te marchas; que éste aquí sentado es caballero de ley; muy firme y devoto cristiano.


Sonreí, leyendo por encima del su hombro:


— Veo que escribe Don Miguel la historia de su Quijote...


Pareció contrariado. Se persignó:


— ¿Qué alimaña del infierno te envía, que conoces el asunto que me ocupa? ¡Qué dañino haz de ser, teniendo el poder de las artes ocultas; y no dudaría yo que fueras el engendro de una hechicería planeada por los moros para cobrar de mí los muertos de Lepanto y el sitio de Túnez...!


A grandes rasgos bosquejé el relato de mi extraño recorrido. El asombro de Cervantes devino en euforia:


— ¡Ah, si pudiéramos celebrar nuestro encuentro con unas copitas de Jerez...! ¡Por Dios juro que éste es el día más feliz de mi existencia!


Le referí entonces la inmortalidad del más famoso de sus libros. Lloró emocionado, besándome en los labios; apretando contra su pecho el manuscrito, sin reparar en que emborronaba con su llanto la dedicatoria rubricada al Duque de Béjar. Aún entre lágrimas, me dijo:


— Dios premia, muchacho, cuando el hombre persevera.


Hablamos un tiempo más. Cervantes venía siendo tío abuelo remoto, emparentado por vía materna, con la familia del que fuera mi padre. Mi origen estaba en él a través de los amores licenciosos que mantuvo su hija con un marino canario emigrado luego al Nuevo Mundo.


Compartí con él la miseria de un mendrugo —que saboreé, intuyéndolo el último paladeo de mi contacto con el plano físico—.


No me equivocaba. Con el bocado final, sobrevino la crisis del vértigo, que me arrastraba en remolino.


Desfiló ante mis ojos la ciudad de Cantón, transformada sucesivamente con el paso de los años que aceleradamente me alejaban cada vez más, en una bacanal de colores fundidos, disgregados, salpicados, destripados; unidos al aroma de selva suplantado en cada fracción progresiva del tiempo: humedad, fuego, sangre, sudor, savia, polvo, arena, muerte, fosa común, hollín, petróleo quemado...


Pienso que perdí la noción de mí mismo.


A mi lado, sobre el plafón de la lámpara, el ente me observaba sin muestras de curiosidad. Reparé entonces en que yo era de nuevo un todo verdeazulado.


María Julia abrió la puerta del cuarto. Con ella entraron dos hombres vestidos de negro, precedidos por una camilla desplegable. Me asomé al borde del vidrio. Abajo estaba la pálida serenidad de mi cuerpo íntegro. María Julia se hizo a un lado, sollozando. Uno de los hombres inspeccionó mi boca. Su índice protegido de látex extrajo un objeto que al caer, al contacto con el piso, produjo el sonido que causaría la caída de una substancia pétrea. La sábana cubrió mis facciones. Depositaron mi cuerpo sobre la camilla, suavemente; tal como hicieran los palanquineros chinos conductores de la prostituta francesa.


Me sacaron, los pies por delante.


María Julia llora al teléfono...







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Mi foto
La Habana, Cuba, Los Ángeles, Estados Unidos
Nacido en La Habana, Cuba, el 3 de diciembre de 1960. Emigra a Estados Unidos en 1980, a través del éxodo masivo de Mariel. Ganador de numerosos concursos de poesía, literatura y ensayo en Cuba y Estados Unidos. Publica su primer poemario, "Insomnia" en 1988, con gran acogida por parte de la crítica especializada y el público. Considerado por críticos y expertos como uno de los poetas fundamentales y representativos de la llamada Generación del Mariel junto a Reinaldo Arenas, Jesús J. Barquet, Rafael Bordao, Roberto Valero y otros.