viernes, 11 de septiembre de 2009

Never the same without you




Nelly Edith Escudero, R.N.
August 22, 1941 – September 11, 2009



NELLY E. ESCUDERO



Por vez primera me doy cuenta de que a pesar de todos los años y de los buenos momentos de nuestra amistad, no tengo siquiera una foto tuya. Por eso pondré en su lugar esta gráfica de dos rosas que te despiden, porque has pasado a otro plano existencial, lejos de toda la miseria y el desencanto de tus dos últimos años en esta realidad.

A ti me unió una amistad de trabajo que se convirtió en amistad de vida. Fuiste guía, madre y rectora. Contigo aprendí a tomar la cosas como vengan, aunque nunca he podido hacerlo tal como lo hacías tú, con ese aplomo y esa elegancia que te hacían parecer intocable y engrandecida ante las dificultades y los reveses.

No mereciste lo que te tocó vivir de último. Fue un final cruel y ensañado, de historia triste. Tú fuiste siempre alegre y diste a la vida tu mejor cara, aunque estuvieras derrumbándote por dentro. A pesar de mi cobardía y de mi ausencia finales, no dejé de pensar en ti ni un solo día. Pedí a Dios y fui escuchado. Te fuiste para no acumular más dolor y más indignidad en tu cuerpo violentado por los flagelos del mieloma y de la trombosis que te dejó inútil de un hemisferio.

Quisiera que el departamento al que tanto diste llevara tu nombre. Es una idea que me ronda la cabeza desde que te enfermaste. Pero sé que no lo harán. Para ellos fuiste un número como lo somos todos. Pero para el resto, fuiste refugio y fuiste isla salvadora en medio de los naufragios.

¿Qué más decir? Que te llevo conmigo. que te llevaré siempre conmigo. Eres desde hace mucho parte de mi historia y como yo, otros te llevarán por dentro, como parte de su sangre y de la memoria común.

Dios te acoja en su seno y quiera Él que desde allí aún veles por nosotros…

Tu mensaje, claro y sereno en un día como hoy –de sinsabores y sobresaltos –, es recibido e interpretado ecuánimemente. Tal vez las cosas sean mejores así, sin resistencia y con la conformidad de saber que es lo indicado precisamente para este momento de cierres y de nuevos comienzos. El futuro está por delante. Otra etapa se vislumbra. Tú, como de costumbre, has dado la señal e indicado el camino.

Gracias.



Para Nelly, a dos horas escasas de su muerte

Te fuiste como se van

los que han sufrido:

callada,

tranquilamente,

con un rictus de incomprensión

en la boca

y los ojos apretados

para no abrirlos

más.


Te fuiste como nadie pensaba



– como nunca pensaste –.

en una nube de morfina

con los huesos roídos

por el cáncer

y tu dignidad ahogada

por la tsunami

de ese mal

que te hizo doblegarte

y al final

partió en dos

tu sueño

de un retiro de barcos

y nietos ruidosos

a orillas del mar

–cualquier mar –.


Te fuiste tal vez sin saber

que tu huella

es profunda como un cráter

en aquellos

que como yo

te amamos

en silencio

desde la distancia

protectora

de no verte padecer

y consumirte

como un ave enferma

e indefensa

cercenada

por siempre

de su vuelo.


11 de septiembre de 2009, 9:48 p.m.




The Pentagon and Pennsylvania







Brief Homage to 9/11

Horror and suddenness

in the wind

and the concrete canyons

below.


Horror and goodbyes

in a split second

forever stamped

in a recorded, ever present loop.



Horror and disbelief

in the eyes and in the minds

disemboweled of recourse,

of protective denial,

of plausible sense.


Horror and pain.

Pain and sorrow.

Sorrow and despair.

Despair and anger.

Anger and hopelessness

Hopelessness.

Hopelessness.

Hopelessness and time.

Time and remembrance.

Remembrance and healing.

Healing and acceptance...


Acceptance?


Perhaps

tomorrow

but not

in this lifetime.




Silent Tribute








REFLEXIÓN BREVÍSIMA SOBRE EL 11 DE SEPTIEMBRE


El 11 de septiembre de 2001 se vino abajo, con las Torres Gemelas de Nueva York, el concepto, la aserción, la noción tradicional de lo malvado posible. En unos minutos de dramático paroxismo fueron derribados los cánones de lo hasta ese día inconcebible.

Puede Estados Unidos ser responsable –como cada imperio en su marco histórico y en sus esferas de influencia – de las calamidades y vicisitudes de cualquiera o muchas partes del orbe. La hegemonía española en la Europa del mundo posmedieval y en América no fue precisamente una manifestación de poder imperial alentada por los dictados de la fe. Ni Inglaterra o Francia llevaron a cabo sus respectivas colonizaciones, consolidación de sus imperios globales o sus revoluciones burguesas e industriales para bien del mundo –como premisa – o del llamado Siglo de las Luces –como consecuencia –.

Babilonia, Egipto, Roma y Tenochtitlán fueron también imperios codiciados, odiados y luego destruidos.

Todo el que llega a la grandeza –de cualquier índole- por algún medio es, en algún momento y medida, envidiado si no vilificado, justificadamente o no.

No es este, sin embargo, un mundo de alabardas o cimitarras, o cañones de aceite y catapultas.

Este es el mundo legado a nosotros por la desconfianza entre estados, el ansia corrupta y desmedida de poder máximo e indisputable –imperialismo, nazismo, comunismo – las guerras de rapiña entre las principales potencias mundiales, dos ideologías diametral y frontalmente opuestas –y los experimentos socio-económicos de ambos campos filosóficos que crearon un mundo paranoicamente bipolar – y la locura singular y colectiva de un siglo pop maldito y galana, exquisitamente masoquista –herencia del átomo, del ántrax, del gas mostaza y el virus Ébola –.

El 11 de septiembre fue sepultada, de golpe, la poca inocencia que boqueaba en el mundo. Se produjo, desde la humareda, desde el fuego, desde la sangre vaporizada en vaho de horrores y sorpresas, aquella visión terrible, apocalíptica, inimaginable, cargada de oscuros presagios y pánicos augurios. No cayó un ejército o un castillo de oscuro, pestilente foso. Cayeron vidas inocentes y dos torres emblemáticas de un gran sueño humano y por ende, universal.

Rió el Demonio su risa de kerosenes, aviones destrozados y ventanas encendidas; entronizado, al centro del orbe, soberano absoluto, indiscutible, avasallador y majestoso en la potencia de su arrojo. Estuvo Dios, quizá, de rodillas –por un instante –, ahogado y aturdido entre humo y lágrimas de consternación y el coraje humillado de la impotencia común.

¿Cómo creer, de ahora en adelante, en la bondad, en el espíritu noble del hombre, de la Humanidad; qué esperar de su poder creativo y de su magnanimidad como especie planetaria si somos capaces de hacernos esto los unos a los otros –sea en las abrasadas junglas de Vietnam impregnadas de NAPALM o de Agente Naranja bajo la égida de la invasión norteamericana; sea bajo el cielo sombrío, oscurecido; roto cielo de una Manhattan en total desconcierto y despavorida?

La respuesta está en el llanto. En ese llanto nuevo que no conoce aún ni el miedo ni la maldad. Que no reconoce hora porque no se espera ni se detiene ante la metralla ni ante la lluvia o la muerte.

Ese llanto de criatura indefensa, de humano recién nacido es la única, la verdadera, la imperecedera esperanza del futuro. Mientras en cualquier parte del orbe nazca un niño, allí estará lo mejor del hombre y su historia, a pesar y por encima de los crímenes, de las deudas y de las impunidades.

Los recién nacidos no saben odiar, no saben de lenguas ni expresiones peyorativas o soeces; no saben de filosofías ni de religiones ni de fronteras; no saben de razas ni de colores ni de costumbres; no saben de dinero ni de cómo hacerlo ni cómo usarlo; no saben de la guerra porque la vacuidad de su universo interior les otorga la paz original de la carne dentro de la carne, tan olvidada, desprotegida y necesitada por todos.

Los recién nacidos no nacen malvados ni maldicientes, ni ocultos tras las máscaras de la desesperación o el desprecio. Los recién nacidos son los ángeles de esta dimensión cruda y vapuleada que nos ha tocado emparchar (cósmicos, risibles retaceros; usureros del odio con el tibor de la civilización coronando nuestra podredumbre y el descomunal pene de la idiotez fornicando siempre nuestro entrenalgas llagado de lúbricas necedades).

Mientras se escuche el llanto de un niño, no habrá pérdida ni muerte ni sacrificio en vano; ni amenaza de extinción en masa, ni proféticos desenlaces de apocalíptica y nostradámica enjundia.

Tendremos mañana –quiero decir, futuro –a pesar del hoy de cada día y del 11 de septiembre y de todos los 11 de septiembre que impregnan todos los holocaustos que a diario ha vivido y vive este mundo maravillosa e insoportablemente maniqueísta de impensables absurdos e incontables miserias.

¡Llora, niño, que tu llanto es amuleto contra la risa espantosa y gutural del Demonio! Llora, hijo, que llorando honras la memoria genética de una especie degenerada y perdida en repetidos intentos de cielo y fallidos amagos de paraíso…

Llora, dulzura, que tu llanto es un himno esplendoroso a los dioses y a los condenados por igual; a los héroes y los mártires de todas las religiones, de todos los ateísmos, de todos los agnosticismos; de todas las mitologías muertas. Ríe, hombrecillo en ciernes, que tu risa repica estentórea en esta caja hueca e imposible donde un día te dejara oculto tal vez como alivio, Pandora.



Mi foto
La Habana, Cuba, Los Ángeles, Estados Unidos
Nacido en La Habana, Cuba, el 3 de diciembre de 1960. Emigra a Estados Unidos en 1980, a través del éxodo masivo de Mariel. Ganador de numerosos concursos de poesía, literatura y ensayo en Cuba y Estados Unidos. Publica su primer poemario, "Insomnia" en 1988, con gran acogida por parte de la crítica especializada y el público. Considerado por críticos y expertos como uno de los poetas fundamentales y representativos de la llamada Generación del Mariel junto a Reinaldo Arenas, Jesús J. Barquet, Rafael Bordao, Roberto Valero y otros.