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martes, 23 de noviembre de 2010

Relato de una ficción europea (I)

De Diálogos con el éter



Sucedió en Colonia, Alemania, el 3 de enero de 1887.


Karl Von Fustenberg se sentó a leer en su amplio despacho. La baronesa se había retirado a sus aposentos, pálida, llevando consigo el azulado presagio de sus ojeras, cada día más acentuadas.


Podía el barón oír nítidamente desde su butaca de cuero la tos cavernosa de su mujer al subir la elipse de la escalera. Era el sonido de su pecho vencido por repetidos ahogos.


Relajó los hombros al comprobar que el eco se alejaba, ascendiendo hasta estrellarse en las molduras del estuco y en las macizas vigas del techo.


Unos minutos más, y se abría acostado, auxiliada por Helga, la camarera holandesa que la servía desde la niñez por más de treinta años. y tosería, abortando el sonido en el borde de la frazada perfumada con esencias de rosas importadas desde Francia; el rojo leonado de su cabellera como una mancha sanguínea gravitando la hilada albura de los vuelos de encaje que adornaban la funda.


Sabía él que estaba cerca el final. No le hacían bien los inviernos de Alemania a la baronesa, nacida Marguerite d'Artagne, marquesa de Sauvignon; hija rumorada de la antigua marquesa de Sauvignon y un condestable británico y educada en un convento de las Hermanas de Lourdes en el Congo Belga. Había crecido jugando con las niñas nativas y, el mismo tiempo que se persignaba ante la noción de la barbarie, aprendía de sus artes religiosas, resumidas en cuentas de colores y amuletos de barro, madera y paja.


No conoció París hasta que tuvo diecisiete años, cuando acudió a recibir el frío adiós de su madre moribunda, que la dejaba perpleja al mismo tiempo que cargada de deudas y abierta al acoso implacable de los acreedores.


Luego de saldar las deudas con la venta de lo que le restaba en propiedades y de quedar con algunas piezas de joyería salvadas al ojo catador de los usureros, Marguerite, entró al servicio personal de la Duquesa de Saint-Étienne, con plaza de secretaria personal y dama de compañía. Helga se mantuvo fiel a su lado, como una perra ciega, sonrojándose las pardas pecas de su cuello a cada insulto inferido por la duquesa en la persona de su joven ama.


No sabe el barón si le molesta más este silencio que el toser de la infeliz que a veces lo corta, haciendo trizas las reflexiones que van, una a una, cayendo sobre las páginas abiertas como manchones de tinta que le impiden la lectura.


La vio por primera vez en un baile de máscaras, blanca y suave a pesar de su infancia africana, cuatro pasos detrás de la duquesa; atenta y resignada como una flor que al adornar se marchita, destilando fragancias.


Viudo y millonario por voluntad del caucho, se atrevió a desearla.


Marguerite d'Artagne von Fustenberg partió de París una mañana, la mujer más rica de toda Europa, rumbo a Colonia, en un vagón privado con paredes de raso, a encerrarse con el viejo barón en su palacio donde resplandecían más de setenta panoplias inglesas.


De frío y de asco se enfermó. Del olor a pastel de riñones y de la vista de la grasa en los cocidos alemanes; del aliento alcohólico del viejo marido que por las noches humedecía sus pechos retraídos, recorriéndola y haciéndola doler con malsano deseo y enfermiza lujuria.


Dos años después del matrimonio se aquietaron los fuegos. La contemplaba a la hora de la cena como se observa un objeto muy querido, con extraña ternura. Dejó de visitar sus habitaciones y no lo hacía sino para obsequiarle alguna alhaja o para preocuparse por su salud cuando las fiebres la postraban.


Leia mucho el barón, ahora, y en su rostro aún hermoso había una expresión indefinible que se prolongaba hasta el ralo nacimiento de azafrán ya desvaído de sus cabellos. Su estancia en el convento de las Hermanas de Lourdes, durante un viaje de cacería por tierras de África habían hecho de él otro hombre.


Aguzó el oído. Adivinó más que supo el instante final desbocado en el golpe seco de la última tos. Por debajo de las tapas del libro emergió el cañón ciego, mirándole indiferente como el ojo vaciado de un mendigo.


Sus reflexiones se tiñeron de rojo y negro.


Karl von Fustenberg murió al instante, minutos después de que su esposa vomitara en un coágulo el balance menguado que le quedaba de vida. Treinta años antes había sido conocido como Charles W. Whitman, condestable destituido de la Marina británica.



jueves, 11 de noviembre de 2010

El maestro

(De Diálogos con el éter)

A Brandon


Se levanta todos los días. La misma hora. La ventana grande que da al patio umbroso. Agua del pozo oscuro. Clara y fría.


Café con leche perfumado de ubres. El sol se derrite de albas en temprana lejanía. Camino gris de polvaredas rebeldes. La escuela es un abecé en el horizonte.


— ¡Buenos días, maestro!


— ¡Maestro! ¡Maestro!


Sonríen los lápices. Los libros regalan páginas amarillas que vuelan, posándose en las caras cobrizas y morenas; en las narices anchas como alas de mariposas respirando la mañana que despierta olores nuevos.


Metido en tu cuarto, a menudo, buscas la respuesta que no registran las enciclopedias ni las piedras que se vengan de tus pies cuando andas el camino diario. El croar cavernoso de las ranas te colma de espanto y las arañas tejen mortajas en sus rincones, no sabes para quién.


— ¡Maestro, mire: traje una mariposa de veras; mire!


Romance de pizarra y tiza en este remedo de aula con paredes de palma y piso de tierra húmeda que sabe de trópicas furias.


— Maestro, le traje una flor; una flor silvestre que recogí en el camino... Es linda, ¿no cree?


Suben y bajan las manos, batiendo momentáneos huracanes de números y signos ajenos, buscando el premio: la caricia del'tiche' en el polvo de los cabellos revueltos.


Tantas caras resumidas en una. Tantas manos de cinco dedos.


Tu voz domina el calor denso y trae pirámides y torres distantes cuyo férreo encaje rasca la sarna de otros cielos enfermos; y templos ocultos donde la vida y la muerte son una sucesión infinita de irreversibles cosmogonías siderales. Tu voz. Evocando fechas. Deshojando la rosa y desgajando sus vientos de náuticos misterios. Trazando griegos perfiles de Ulises y Prometeos. Entonando marsellesas de altivos gorros frigios. Pincelando cimas de Tíbets y paisajes andinos que ponen los ojos en blanco de tan alto que es el asombro; y caen, abiertas, las bocas, temerosas de masticar toda esa magia de siglos decesos que les sirves en libros de páginas ancianas faltas de vista – tan antiguas que casi se olvidan de contar sus historias-.


— ¡Una vez más, maestro! ¡Una vez más, cuente!


Y repites, como otros días, después de las lecciones; entregado a los ruegos expectantes de Césares y Colones y Mío Cids eternos que imploran sentados o en cuclillas ahoyadoras de suelo; señalando caminos redescubiertos en callosidades de letras que huyen a la castidad del entendimiento.


— Maestro cuando sea grande voy a ser como usted y voy a viajar por todo el mundo con un libro pegado a los ojos.


Quince más tres más uno... ¿Cuánto es?


Trabajan los dedos duros.


— ¡Diecinueve, maestro! ¡Sólo me sobró el meñique del pie derecho! ¡Diecinueve!


(Minúsculo mundo de victorias que crecen).


Estás lejos de todo. Todo cuanto pudo pertenecerte. Ahogado en el verde asfixiante. Atrapado en las tolvaneras que escapan despavoridas el castigo de las tormentas. Aquí. En tu aula que se da al viento como al agua y donde en las noches, por alguna hendija, se asoma a rascabuchar una estrella.


— Maestro, ¿está triste? Tiene los ojos como cielo nublado. ¿Piensa en su tierra? ¿La extraña? ¿Es cierto que hay edificios que tocan las nubes y flores de seda que nunca se mueren?


— ¡Sí, maestro, cuéntenos de su tierra! Háblenos de cómo mandaron un cohete a la luna y del zoológico que no tiene jaulas ni cercas!


Cada mañana. La avidez de las manos. El hambre de las cabezas. La tierra y el cielo prometidos en los ojos cuya adolescencia no sabe mentir; la geografía de una pregunta constante e inquieta surcando el relieve de esos rostros ayer indiferentes; vencida desconfianza tras desconfianza al enjugar el llanto de los dedos torpes que no saben leer o pierden la línea de trazo.


Y te vas, nuevamente, cabalgando tus propios pensamientos. Al aula aquélla de paredes blancas y piso de cuarteado granito. A tu hora de almuerzo aburrida que a menudo despeñabas con un bostezo; rodeado de profesoras rubias que en conversación ausente se quejan de automóviles rotos a mitad de trayecto, de hijos desaplicados, de la indisciplina que ha cobrado en sus aulas algún diente; del salario insuficiente; de la última dieta; de los nervios tensos; del trabajo excesivo...


— Maestro, ¿por qué dejó su tierra, tan linda y fan fácil, para venirse acá?


Callas.


Tus dedos blancos y pelados por la alergia se hunden en la greña que trae huellas del camino.


Abres un libro, humedeciendo horizontes:


— Hoy vamos a hablar del amor.


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sábado, 6 de noviembre de 2010

Relato de una ficción americana I

De Diálogos con el éter


— Hoy hablé con los espíritus.

Me lo dijo, apenas contenida la marea exorbitante de sus cabellos anochecidos contra el segmento que la ventana a sus espaldas le arrebataba al Caribe.

Era un ser mágico. Desnuda se paseaba, en compañía de la brisa, ausente de todo pudor. Volaba a veces, sin mover siquiera un vello, sentada en cuclillas con los ojos cerrados y los pezones erectos. Volaba con el pensamiento, sondeando esferas y planos temporales desconocidos y entonces su piel adquiría un resplandor cobrizo, de carbón en ascua; tibia y casi fluida. Al tocarla sentía yo la transferencia de corrientes de disímil frecuencia subir por las puntas de mis dedos hasta llegarme al corazón y luego al estómago y los órganos genitales.

Se había aparecido una noche, frente a mi mesa de trabajo y allí se quedó hasta el amanecer, consultando los orishas y entonando por lo bajo una tonadilla rítmica y melodiosa en una lengua celeste anterior a la lucumí.

Había venido de adentro de mí mismo –quiero decir, de los páramos de mi mente –, convirtiéndose así en la alegoría más exquisitamente lúbrica y paradójica de una página en blanco –preñada de imágenes ingrávidas, de sueños siniestros, de irremisibles desesperanzas; de sangradas compensaciones, de ideas en fuga que como música se escapaban al razonamiento de la lógica, refugiándose, azoradas de su propia belleza, en las oscuras buhardillas del pensamiento.

La llamé Setiré que en el habla armoniosa de los persas significa estrella.

Echada a mis pies, como una hoja suelta, Setiré me refirió todos los misterios del origen. Me enseñó su cuerpo por dentro, claro y etéreo, sin músculos ni sangre ni huesos. Sólo notas traía el aire que hacía pulsar sus venas: un aire puro, no adulterado, de cima de montaña en la mañana original de todos los génesis (tan puro que las ideas huyeron en vértigo y quedé con la mente en receso, transparentada a las cósmicas luces de otros universos; testigo embrionario de mi propio nacimiento).

— Hoy hablé con los espíritus — repitió.

El Caribe está en sus cabellos. La veo elevarse, vana y expansiva como un pájaro con plumaje de alientos. Me cabalga a horcajadas. Luego, aún jadeante, gravita sobre mi intelecto.

Setiré es esta página sobre la que escribo.


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miércoles, 16 de junio de 2010

Caridad



Completamente fuera de lugar. Como una pieza de museo. La miraban de reojo, aparentando no reconocerla e incluso ignorando algunos, realmente, quién era. Hacía años que no se la veía en público. No entrevistas. No películas. No programas de televisión. No paparazzi. Hermosa y adictiva a la vista, a pesar del tiempo, se movía por el lugar como una sombra elegante y silenciosa. Había entrado sin que nadie supiera de dónde y cómo había llegado. Vestía glamorosamente, al estilo de otro tiempo, tal vez con pulcritud excesiva. El sombrero arrojaba sobre sus cejas y sus pómulos un claroscuro de misteriosa fascinación.


Primero se dirigió a la cola donde veinte o más personas esperaban para desfilar frente al servidor de aluminio donde el cucharón guiado por la mano negra y gruesa movía la sopa espesa y humeante que despedía vahos de sal y recalentada grasa. Luego un panecillo. Se sentó silenciosamente entre los demás, sobre el banco largo que hacía paralelos con la mesa rústica y estrecha. Servía este lugar más de quinientas personas al día. Personas de todo tipo con un problema común: el hambre. Desempleados, ex-convictos, enfermos mentales, prostitutas viejas y despatarradas; niños sucios de las manos huesudas de sus madres drogadictas, con ojos vidriosos y expresiones idas.


Tres negras gruesas y risueñas regenteaban el lugar en medio del peor barrio de esta ciudad sin alma. Loralee, la mayor de las hermanas, había reconocido de inmediato a la antigua estrella de cine, pero decidió guardar silencio para no alborotar a los otros y por decoro.


Regresó la actriz a donde servían pálidas lascas de pavo horneado con relleno. Dio apenas unas mordidas. Se preguntaba Loralee mientras servía qué suerte de desgracia habría tocado a esta mujer ayer reina para que viniera a parar a un lugar como éste, tan fuera de todo lo que siempre se había asociado con su imagen y su otrora cotizada presencia. Sintió remordimiento de no haber dicho nada; de haber aparentado no reconocerla. Con el último cucharón de sopa se quitó el delantal mientras la hermana menor cerraba la puerta del lugar a la posible llegada de más comensales. No había más comida. La esplendidez de aquel día se había agotado dando paso a la incertidumbre culinaria que acarrearía el siguiente, hasta que llegaran las donaciones de víveres aparecidos casi siempre por escuálida Providencia. Se lavó las manos y se miró de reojo en la imagen que le devolvía el empañado vidrio de la puerta.


Habían dejado un círculo alrededor de ella. Una especie de anillo vacío, de espacio circunferencial, de foso protector más allá del cual ninguno de los presentes se había atrevido a cruzar. Loralee franqueó el espacio. Sonrió:


— Miss T.?


Unos ojos hermosamente verdes la saludaron iluminando la penumbra proyectada por las amplias alas del sombrero, devolviéndole la sonrisa sin nerviosismo ni titubeos, con ese profesionalismo de cámara, que sin embargo, esta vez pareció amplia y humanamente genuino. Se incorporó ante la negra atónita y rozó su mano en un gesto afectuoso y leve. No dijo palabra ni articuló sonido alguno. Se alejó, tal como había venido, trasponiendo la puerta para convertirse en una sombra más de la calle oscuramente lluviosa y silente.


"Grosera", pensó Loralee.


Notó entonces el terso contacto del papel doblado en la calidez de su mano. Era una nota de banco en papel imitando muaré antiguo de color rosa viejo. Sobre los espacios provistos: cuidadoso, sereno trazo. El numeral corroborando la cifra y avalado por su firma otorgaba al establecimiento dinero suficiente para mantenerlo abierto indefinidamente. Loralee se tumbó en el banco y lloró silenciosamente de arrepentimiento y felicidad.


Pedro F. Báez-May 2010



martes, 20 de abril de 2010

Relato de una ficción personal


Dos horas han transcurrido desde que el médico cargara de gravedad la negación de mis funciones vitales. Lo hizo con aplomo calculado, meneando la cabeza: primero a la derecha, luego a la izquierda; a la derecha de nuevo , a la izquierda..., hasta que el llanto de María Julia rompió el ciclo que sobre el eje de sus vértebras parecía prolongarse en rítmicas pulsaciones a lo largo del estetoscopio que descansaba sobre mi pecho, apretando vellosidades. Tum-tum-tum. Pensé por un momento que eran los latidos del que había sido mi corazón.


María Julia despidió al médico. Él la consoló con un abrazo que, desde donde estoy, me pareció un poco lascivo.


Allá abajo está el que fuera mi cuerpo, pálido y aún hermoso. Me contemplo (o mejor dicho, contemplo lo que fui) con una mezcla de curiosidad e incertidumbre, como si asistiera a la despedida inevitable y sin regreso de un viejo amigo.


Me da pena con María Julia, que ya vuelve, arreglándose el pelo que se le enreda en el nerviosismo de los dedos. Ella no puede verme; aunque casi la podría tocar, si dejara de sujetarme de los brazos de la lámpara y me deslizara, suavemente.


Mi nuevo yo se refleja en las facetas de los cristales cercanos a las bombillas. Soy de color verdeazulado, sin forma precisa, como una nubecilla de vapor coloreado. Otros colores se acercan a mí de vez en cuando, pero no creo que sea el prisma o la fluctuación de intensidade de mis irradiaciones; sino la tímida aproximación de otros entes que vienen a curiosearme sin atreverse a hacer a hacer contacto ante el apego que muestro por este plano del cual me despido.


Finalmente se acercó uno que por el volumen rojizo de su aura, me pareció gordo. Percibí una sonrisa, aunque no la vi. Extendió hacia mí lo que debía ser un brazo, vagamente definido. Sin escuchar voz alguna, supe que hablaba. Me preguntó por qué estaba triste y por qué me aferraba con tal firmeza al metal de la lámpara. Le conté de mi enfermedad, prolongada y devastadora y de cómo ésta me había arrebatado la oportunidad de viajar y conocer lugares que siempre me había interesado visitar en este mundo (al cual el ente llamaba Fase-Terra, si no mal entiendo).


"¿A dónde quieres ir?", preguntó, con la displicencia de quien puede otorgar la realización de un deseo soez. "Al sitio de mis antepasado", dije, avergonzado súbitamente de lo poco preparado que estaba para abandonar la dimensión que horas antes aún me perteneciera.


El ente palmeó con resignación el esbozo de mi hombro. El contacto repentino de frecuencias disímiles hizo que explotara una bombilla en pálido relámpago cuyo estallido se desvaneció en fina llovizna de vidrios rotos. María Julia volvió el rostro, sobresaltada, saliendo luego aprisa al salón contiguo. La oí alejarse, apretando un sollozo.


"¿Qué lugares te gustaría conocer, específicamente?". No advertí displicencia esta vez; sino más bien, un tono danzarino y juguetón en la modulación de su pregunta.


Repetí que gustaría de visitar la cuna ancestral de mis progenitores durante mi más reciente encarnación. Sonrió nuevamente, mientras su aura se ondulaba de un tenue color violado que causó en mí la impresión del ronroneo de un gato.


"Pero tus antepasados más recientes tuvieron origen en tres lugares de Fase-Terra diferentes..."


No había pensado yo en este inconveniente.


Debo parecer muy desconcertado. Los fragmentos de la bombilla rota reflejan ahora un verde seco, deprimente y oscuro.


Mi interlocutor debe haberlo advertido. Describiendo una espiral en el aire se tornó amarillo, tocándome luego en el lugar de mi frente con tal impacto, que me dejó aturdido; rodeado del chisporroteo alegre que infundía su toque mágico.


Cuando cesó el baño de aerolitos, maravillé mi entendimiento con la proeza de su acto, porque yo estaba dividido en tres yoes diferentes y al mismo tiempo, integrales, y en cada montoncito de vapor verde-brillante había una parte de mi cuerpo físico que me identificaba con el origen de mis antepasados más inmediatos. De suerte que, según el ente, que ahora se divertía a carcajadas girando sobre sí mismo contra el cielo raso: mis ojos verían los paisajes de China, mi nariz olería los perfumes de África; mientras mi boca (dotada aún con las facultades del habla y del paladar) viajaría hasta donde se hallara el sitio de asentamiento de mi primer antepasado en España.


Sería un viaje fantástico, según calculaba el ente: apreciaría, de forma diferente, tres áreas distintas en geografía y tiempo. Un día-etéreo concedió a tal aventura, que en la magnitud de los hombres equivale —comentó— a una hora faseterrena, con tres minutos y medio.


Sopló el ente —deseándome, con el mejor de us lilas— buena suerte. Antes de atravesar el techo y salir afuera, miré el cadáver que constituyera mi cuerpo. El rostro era un óvalo liso sin manchas sanguinolentas ni agujeros. . Me alegré, pensando en María Julia. A su perplejidad no se sumaría la repulsión del asco si descubría la ausencia de facciones en mis restos.


Salí al exterior guiado por una fuerza intuitiva que no sé aún si manaba del ente o manaba de mí mismo. La nariz y los dientes sintieron el frío de la noche. Los ojos pestañearon, dilatándose en la oscuridad hasta abarcar el paisaje de techos, antenas parabólicas, árboles y perros callejeros, cada vez más alejados a medida que ganaba altura. Estornudó mi apéndice nasal. Castañetearon los dientes, yendo cada uno por su rumbo; pero sintiendo yo, a la vez, la percepción de cada estímulo registrado, al unísono, como si mis rasgos en lugar de separarse, se extendieran infinitamente en un rostro progresivo que ganaba cada vez mayores distancias.


Comprendí, sólo entonces, que no necesitaba de ninguno de mi sentidos físicos para percibir las sensaciones que alrededor mío se transmutaban, con la desventaja de no poder yo, en mi estado etéreo, interactuar con dichos estímulos, sino más bien, recibirlos y observarlos como a través de un fino velo; lo que no dejaba de causarme cierta contrariedad ya que solamente mediante el uso de mis facciones carnales podía calibrar a plenitud la riqueza de tan variada experiencia.


Mi exploración en tres niveles de tiempo disímiles fue mucho más dramática que mi desplazamiento en el espacio, debido, sobre todo, a mi propensión al vértigo, y al hecho de que no todas las partes físicas de lo que fue mi cuerpo arribaron a su destino respectivo sincronizadamente (lo que sería imposible tratándose de un viaje en el tiempo hacia tres períodos históricos diferentes); de manera que, cuando mis ojos llegaron a la China del siglo XV, mi nariz y mi boca vagaban aún en el continuum que las arrastraría a su propio origen.


La deceleración del plano temporal se pareció —a medida que se hacía más lenta y estable— a un aterrizaje. Pude así ver, en el mareo de mi arribo, los picos elevados del Himalaya; la parda longitud de los ríos sinuosos (cuyas márgenes contenían apenas el verdor de las junglas que amenazaba con desposarlos); la pausada ondulación de las terrazas y los campos cultivados de arroz y trigo; el volar pterodactílico de las cigüeñas: el oro en las cúpulas de las pagodas dejadas atrás en territorios de la India y Nepal.


Sobrevolé de esta forma, en ya lenta regresión temporal, las vastas planicies del nordeste, y los campos cultivados de té del valle del Yangtzé, deteniéndome finalmente en la zona costera del sureste que comprende Shanghai, Yuhwan, Kitchioh y Guangzhou, hasta posarme (vale aquí la analogía) en la fértil llanura que baña el delta del Xi Jiang, a poca distancia de la ciudad de Cantón, de la cual divisaba su amplio puerto cruzado por sampanes y otras embarcaciones de mayor calado, entre ellas, dos barcos portugueses, y un buque con pabellón de Inglaterra.


Me adentré en los arrabales de la urbe que partían del puerto; entre las casas de construcción ligera que flanqueaban estrechas calles de lodo y piedra, encontrando de trecho en trecho la algarabía que salía los establecimientos donde bebían los marineros, envueltos en efluvios de jengibre y pescado frito.


Decidí entrar en uno de aquellos tugurios. Flotando alto, por encima de las cabezas, decidí ocultar mis ojos tras la máscara de un dragón de bronce, y atisbar desde allí el movimiento del gentío que a esta hora de la tarde se conducía con animado desparpajo, sobre todo las prostitutas, que abrían sus camisones de seda, dejando que los hombres tocaran la menuda mercancía de sus cuerpos breves.


En medio del barullo se abrió la puerta, dando paso a un palanquín que dos portadores chinos depositaron al centro del salón con abundancia de genuflexiones. De él salió una mujer rubia, envuelta en finos velos de holán y seda, a la usanza de las odaliscas árabes.


Puso el pie sobre las manos de cien hombres que deseosos la cortejaron, declarando reina absoluta del recinto a aquella beldad de procedencia extranjera.


Absorto me encontraba en la contemplación de la escena cuando me sacudió un estremecimiento. Mi nariz había llegado al tiempo remoto del África virgen donde había nacido el primero de mis antepasados negros. Me sorprendió la mezcla de estos nuevos olores con el del jengibre. Olía a lluvia, a ozono recién liberado que partía de la selva —densa y misteriosa como los perfumes que originaba—, reconociendo en cada aroma, por instinto ancestral, la esencia de cada animal, de cada hoja, de cada flor desvelada al paso del vendaval; de cada centímetro de tierra aún no violada.


Es una sensación única el participar de dos hechos cuya oposición espacial, temporal y perceptiva es total. Así, mientras mi abuela de generaciones incontables se daba a las caricias del cantonés más adinerado en aquel salón de mala muerte (dando inicio a una estirpe de asaltadores de caminos rurales que luego se irían a América a probar fortuna, transformándose unos en comerciantes de mercaderías; los otros, en traficantes de opio), yo respiraba la naturaleza de otro sitio en otro tiempo, cruzando en mi andar las manchas leonadas de una pantera, el susurro de aves extrañas desprovistas de vuelo, las huellas húmedas de una manada de elefantes cuyo rumbo apuntaba a la extensión abierta de la sabana inacabable, inundada con la preñez reventada de las aguas del Nilo. Llegué de esta manera, con pobre visión y agudo olfato (percibiendo, sin embargo, cada sonido articulado, nítidamente), al límite que con la selva demarcaba una alta empalizada construída con troncos de palmera.


Los tambores me anticiparon el ritual de la danza. El aire estaba hinchado de emanaciones alquímicas templadas al fuego. Atravesé la empalizada. Me zarandeó la vibración del sonido. Mi abuelo ancestral, alto y oscuro, danzaba, lanzando puñados de azufre a la voracidad contenida de una hoguera. Su cuerpo, abrillantado y hermoso, despedía el rancio olor del varón indómito conquistado por la selva.


Tamboreó de nuevo el aire. Las seis concubinas levantaron los brazos. Frente al claro que abrían las chozas de lodo y paja, las poseyó a todas, de dos en dos. Reafirmó así, en presencia del fuego, la fertilidad de la tribu.


Estornudé, irritado por las bocanadas de sulfuro.


Sentí entonces una convulsión que me hizo perder la ingravidez de mi equilibrio. Caí, nariz en tierra; no recuperándome hasta tener plena conciencia de que el recorrido de mi boca había finalizado en la España cristiana.


A mis dos experiencias sin par se sumaba esta tercera, en la penumbra de un calabozo sevillano, mientras mis ojos registraban el orgiástico desorden del burdel cantonés y mi nariz inhalaba el acre exotismo de tierras de África.


En un rincón de la celda escribía un hombre (entrecano, con nariz pronunciada y aguileña; sus ojos, cansados a la mísera lumbre de una vela, denunciaban, en el arco noble de sus cejas, el sello judaico que su madre le imprimiera).


— Don Miguel... —me atreví a decir—.


Levantó la vista, descubriendo la blancura de mis dientes en el claroscuro. No se inmutó:


— Si alma de Dios eres que precisa compañía, quédate; pero si eres engendro del Demonio, mejor te marchas; que éste aquí sentado es caballero de ley; muy firme y devoto cristiano.


Sonreí, leyendo por encima del su hombro:


— Veo que escribe Don Miguel la historia de su Quijote...


Pareció contrariado. Se persignó:


— ¿Qué alimaña del infierno te envía, que conoces el asunto que me ocupa? ¡Qué dañino haz de ser, teniendo el poder de las artes ocultas; y no dudaría yo que fueras el engendro de una hechicería planeada por los moros para cobrar de mí los muertos de Lepanto y el sitio de Túnez...!


A grandes rasgos bosquejé el relato de mi extraño recorrido. El asombro de Cervantes devino en euforia:


— ¡Ah, si pudiéramos celebrar nuestro encuentro con unas copitas de Jerez...! ¡Por Dios juro que éste es el día más feliz de mi existencia!


Le referí entonces la inmortalidad del más famoso de sus libros. Lloró emocionado, besándome en los labios; apretando contra su pecho el manuscrito, sin reparar en que emborronaba con su llanto la dedicatoria rubricada al Duque de Béjar. Aún entre lágrimas, me dijo:


— Dios premia, muchacho, cuando el hombre persevera.


Hablamos un tiempo más. Cervantes venía siendo tío abuelo remoto, emparentado por vía materna, con la familia del que fuera mi padre. Mi origen estaba en él a través de los amores licenciosos que mantuvo su hija con un marino canario emigrado luego al Nuevo Mundo.


Compartí con él la miseria de un mendrugo —que saboreé, intuyéndolo el último paladeo de mi contacto con el plano físico—.


No me equivocaba. Con el bocado final, sobrevino la crisis del vértigo, que me arrastraba en remolino.


Desfiló ante mis ojos la ciudad de Cantón, transformada sucesivamente con el paso de los años que aceleradamente me alejaban cada vez más, en una bacanal de colores fundidos, disgregados, salpicados, destripados; unidos al aroma de selva suplantado en cada fracción progresiva del tiempo: humedad, fuego, sangre, sudor, savia, polvo, arena, muerte, fosa común, hollín, petróleo quemado...


Pienso que perdí la noción de mí mismo.


A mi lado, sobre el plafón de la lámpara, el ente me observaba sin muestras de curiosidad. Reparé entonces en que yo era de nuevo un todo verdeazulado.


María Julia abrió la puerta del cuarto. Con ella entraron dos hombres vestidos de negro, precedidos por una camilla desplegable. Me asomé al borde del vidrio. Abajo estaba la pálida serenidad de mi cuerpo íntegro. María Julia se hizo a un lado, sollozando. Uno de los hombres inspeccionó mi boca. Su índice protegido de látex extrajo un objeto que al caer, al contacto con el piso, produjo el sonido que causaría la caída de una substancia pétrea. La sábana cubrió mis facciones. Depositaron mi cuerpo sobre la camilla, suavemente; tal como hicieran los palanquineros chinos conductores de la prostituta francesa.


Me sacaron, los pies por delante.


María Julia llora al teléfono...







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Mi foto
La Habana, Cuba, Los Ángeles, Estados Unidos
Nacido en La Habana, Cuba, el 3 de diciembre de 1960. Emigra a Estados Unidos en 1980, a través del éxodo masivo de Mariel. Ganador de numerosos concursos de poesía, literatura y ensayo en Cuba y Estados Unidos. Publica su primer poemario, "Insomnia" en 1988, con gran acogida por parte de la crítica especializada y el público. Considerado por críticos y expertos como uno de los poetas fundamentales y representativos de la llamada Generación del Mariel junto a Reinaldo Arenas, Jesús J. Barquet, Rafael Bordao, Roberto Valero y otros.