
Don Quixote
bordeó la mañana
peinando
con los ojos
el paisaje
desprovisto
desde la lenta altura
del caballo
cansado
taciturno
esbeltamente
renco.
Lo vio la mar
y tomó cuenta
del insigne caballero
atrapado
en lastimosa herrumbre:
pobre hidalgo
desheredado de las planicies
venido al salitre
a conquistar
bíblicas ballenas
para una Dulcinea
que ausente gravita
sobre algún remoto
recoveco
de la memoria
hecha
terca obsesión
y ardiente
sombra.
Perla airosa
regalo
y fortuna
de las aguas
para este viajero
que combate
dragones
de luna
y gigantes
molinos de viento.
¿Dónde están
los castillos poblados
de doncellas
bajo sortilegios?
¿Dónde están
las legiones rampantes
comandadas
por un Polifemo?
¿Podrás tú
devolver la cordura
a este hombre
que no se detiene
o estarás
al final de tus días
sobre un pecho
que no te merece?