Al Hollywood de la memoria; al Hollywood que siempre existirá...
Nos dieron una promesa de eternidad y, como otros dioses pretéritos y temporales, mintieron; derribados por la astralidad de esa ley de lo inexorable que hace límites con el tiempo y crea momentos con dejo de agridulce nostalgia.
Desde su Olimpo, aún se erigen, invictos en esa otra batalla de la ilusión que los preserva, para nuestras memorias.
¿Cuánto más perdurarán? Es difícil predecir.
Como esas estrellas añejas que de tanto cansancio, estallan, su luz llegará a los confines del futuro. Rejuvenecida y preservada en la cápsula de un tiempo que dejó de ser, derrumbado bajo el peso de su propio preciosismo. Dirán entonces: "Hemos descubierto el brillo de un centenar de supernovas", y volverán, las imágenes de lo que fueron, a engañar al ojo, veinticuatro veces negado a la brevedad de un segundo efímero desgajado en ayeres...
Porque el pasado se transmuta en la muerte sucesiva e ininterrumpida del presente, convertido en ayer de lastimera sombra; y con ellos, con aquéllos que llegamos a pensar podríamos burlar nuestra propia humanidad finita, se van fragmentos de lo que ya no podrá ser ni seremos; enfrentados, despiadadamente, a la adverbiada sapiencia del 'jamás' absoluto que equivale a tiempo deceso.
Hoy llueve y desde este lado árido del vidrio , se empapan mis adentros. Quizá porque en algún momento fui Bette Davis, Gloria Swanson o Greta Garbo.
Madrugada del 5 de enero de 2010, en Hollywood, ciudad del cine.


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