martes, 1 de septiembre de 2009

Hermandad



Nos conocemos desde que éramos niños. Compartimos la misma escuela y desde distintas aulas, los mismos maestros.

La recuerdo cuando pasaba frente a su casa, de portal amplio y aún más amplio ventanal con hermosa balaustrada de hierro, frente a la iglesia de La Caridad, en Camagüey. Allí la sentaba María Luisa, su mamá, como una muñeca disciplinada y perfecta, con su bata de vuelos limpísima y planchadita y lazos azules en el pelo crespo de oro encendido.

Al terminar la primaria, perdimos contacto.

Nos volvimos a encontrar al final de la adolescencia, en plena y vigorosa juventud, en el campamento de Cuatro Ruedas que el gobierno de Fidel Castro había abierto para 'albergar y procesar' la escoria que aspiraba a salir del país a través del puente marítimo Mariel-Cayo Hueso establecido en 1980 luego de los sucesos de la toma de la Embajada del Perú en La Habana. Compartimos allí varias noches de intensa actividad 'social' en medio del hacinamiento y los vejámenes de que éramos objeto por parte de las autoridades encargadas de este sitio gris, maloliente y fangoso que realmente ni quiero recordar.

Hablábamos, reíamos como tontos, compartíamos historias e intercambiábamos experiencias; cantábamos y hacíamos shows para alejar la incertidumbre, el miedo, el desajuste y la náusea de lo que estábamos viviendo. Nunca hablamos del futuro. El futuro estaba del otro lado de la cerca de púas, más allá de las brumas de ultramar y lejos de tanta frustración y tanto hastío.

Ella salió rumbo al puerto de Mariel primero que yo. No nos vimos ya más hasta Fort Chaffee. Allí compartimos esporádicamente, cuando lo permitían los toques de queda oficiales y los maleantes que con sus 'reglas' de cárcel pretendían extender su imperio de raterías y aberraciones mentales dentro de este enclave destinado por las autoridades norteamericanas para 'procesar' a los 'refugiados' y decantar de alguna forma los buenos de los malos.

Yo salí para Miami reclamado por mi familia y ella quedó en espera de un reclamo cualquiera por parte de 'padrinos' (sponsors) del país que estuvieran dispuestos a recibir y ayudar a una refugiada extranjera.

Emigré a California luego de cuarenta y cinco días. Miami era en aquel momento una aldea para mí, un nido de ratas rabiosas y hostiles; sin porvenir y estancadas en un tiempo patéticamente pretérito y perdido de una seudo-Cuba que en realidad nunca existió.

Pasaron los años –¿cinco, seis, siete?–. Nunca más volví a pensar en ella.

Una tarde calurosa, esperando mesa con mi compañero para sentarnos a comer en La Cubana (La Cubanita le decían todos) de Glendale -cuando era un cascarón minúsculo de olores y sabores maravillosos y no la vitrina antiséptica y estéril de modernismos que es ahora) ella me tocó el hombro:

–¿Pepe?

Sólo una persona en el mundo –y luego otras por ella– me llamaba de esa manera. Me llamo Pedro y no José, pero siempre he sido, para ella, 'Pepe', 'Pepón'.

No la reconocí inicialmente. Parecía un muchacho esbelto, hermosísimo, de delicado aspecto y cutis impecable; los ojos claros destellando alegrías y riendo bajo el pelo cortísimo y oscurecido.

–¿Yazmín? ¿Yazmincita?

Somos inseparables desde entonces a pesar de distancias y de las zancadillas que intenta ponernos la discrepancia de los husos horarios. Por un tiempo compartimos casi a diario mientras ella vivió en Los Ángeles. Esta vez nos unió la historia común, la ausencia de Cuba, la niñez de cierto modo compartida, la necesidad desesperada de justificar y validar nuestras existencias en un país tendiente a borrarlo, tamizarlo y rescribirlo todo, incluso las vidas de las gentes que emergen luego como crisálidas depuradas y desconocidas, como una especie híbrida y nueva irreconocible e irremediablemente cercenada de su pasado, de sus costumbres, de su esencia original. No quisimos ser jamás de esta manera.

A través de todos estos años nos hemos conocido y compenetrado mucho más de lo que nunca pensamos ni anticipamos. Yo soy su conciencia (Pepe Grillo me llama) y ella es mi salvación, mi conexión casi única y verdadera a una infancia y un tiempo cada vez más lejanos y difíciles de precisar. Nos amamos profundamente, sin palabras ni gestos, como sólo pueden amarse dos seres desesperados necesitados de todo lo que no se puede hallar en este espacio de vida que nos toca vivir. Ella vive dentro de mí y yo dentro de ella.

Tengo tres hermanas maravillosas de sangre que adoro, pero Yazmín es mi hermana mayor, mi cuarta y entrañable hermana, mi hermana de vida y de intimidades; la que compartió conmigo todo lo que nunca pudieron ni podrán compartir las otras porque son de otro mundo, de otro tiempo, de otra realidad...

Tenía que escribir esto para ambos, Yazmincita (Carilda mía, como la llamo yo frecuentemente remedando un momento memorable e irrepetible con La Fornés en México), para dejar constancia al mundo de nuestro cariño y de nuestra amistad y para que sepas lo grande y lo importante que eres en mi vida y serás siempre. Permitan Dios y la vida que seamos hermanos hasta caernos de viejos.

Tu Pepón

La foto aquí reproducida es propiedad de Yazmín Portell



2 comentarios:

MAYKEL dijo...

He llegado acá a través de Cine cuba, buen post, me identifico con lo escrito, Un saludo.

Pedro F. Báez dijo...

Saludos para tí también. Muchas gracias. Gusto en conocerte.




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Mi foto
La Habana, Cuba, Los Ángeles, Estados Unidos
Nacido en La Habana, Cuba, el 3 de diciembre de 1960. Emigra a Estados Unidos en 1980, a través del éxodo masivo de Mariel. Ganador de numerosos concursos de poesía, literatura y ensayo en Cuba y Estados Unidos. Publica su primer poemario, "Insomnia" en 1988, con gran acogida por parte de la crítica especializada y el público. Considerado por críticos y expertos como uno de los poetas fundamentales y representativos de la llamada Generación del Mariel junto a Reinaldo Arenas, Jesús J. Barquet, Rafael Bordao, Roberto Valero y otros.