miércoles, 16 de junio de 2010

Caridad



Completamente fuera de lugar. Como una pieza de museo. La miraban de reojo, aparentando no reconocerla e incluso ignorando algunos, realmente, quién era. Hacía años que no se la veía en público. No entrevistas. No películas. No programas de televisión. No paparazzi. Hermosa y adictiva a la vista, a pesar del tiempo, se movía por el lugar como una sombra elegante y silenciosa. Había entrado sin que nadie supiera de dónde y cómo había llegado. Vestía glamorosamente, al estilo de otro tiempo, tal vez con pulcritud excesiva. El sombrero arrojaba sobre sus cejas y sus pómulos un claroscuro de misteriosa fascinación.


Primero se dirigió a la cola donde veinte o más personas esperaban para desfilar frente al servidor de aluminio donde el cucharón guiado por la mano negra y gruesa movía la sopa espesa y humeante que despedía vahos de sal y recalentada grasa. Luego un panecillo. Se sentó silenciosamente entre los demás, sobre el banco largo que hacía paralelos con la mesa rústica y estrecha. Servía este lugar más de quinientas personas al día. Personas de todo tipo con un problema común: el hambre. Desempleados, ex-convictos, enfermos mentales, prostitutas viejas y despatarradas; niños sucios de las manos huesudas de sus madres drogadictas, con ojos vidriosos y expresiones idas.


Tres negras gruesas y risueñas regenteaban el lugar en medio del peor barrio de esta ciudad sin alma. Loralee, la mayor de las hermanas, había reconocido de inmediato a la antigua estrella de cine, pero decidió guardar silencio para no alborotar a los otros y por decoro.


Regresó la actriz a donde servían pálidas lascas de pavo horneado con relleno. Dio apenas unas mordidas. Se preguntaba Loralee mientras servía qué suerte de desgracia habría tocado a esta mujer ayer reina para que viniera a parar a un lugar como éste, tan fuera de todo lo que siempre se había asociado con su imagen y su otrora cotizada presencia. Sintió remordimiento de no haber dicho nada; de haber aparentado no reconocerla. Con el último cucharón de sopa se quitó el delantal mientras la hermana menor cerraba la puerta del lugar a la posible llegada de más comensales. No había más comida. La esplendidez de aquel día se había agotado dando paso a la incertidumbre culinaria que acarrearía el siguiente, hasta que llegaran las donaciones de víveres aparecidos casi siempre por escuálida Providencia. Se lavó las manos y se miró de reojo en la imagen que le devolvía el empañado vidrio de la puerta.


Habían dejado un círculo alrededor de ella. Una especie de anillo vacío, de espacio circunferencial, de foso protector más allá del cual ninguno de los presentes se había atrevido a cruzar. Loralee franqueó el espacio. Sonrió:


— Miss T.?


Unos ojos hermosamente verdes la saludaron iluminando la penumbra proyectada por las amplias alas del sombrero, devolviéndole la sonrisa sin nerviosismo ni titubeos, con ese profesionalismo de cámara, que sin embargo, esta vez pareció amplia y humanamente genuino. Se incorporó ante la negra atónita y rozó su mano en un gesto afectuoso y leve. No dijo palabra ni articuló sonido alguno. Se alejó, tal como había venido, trasponiendo la puerta para convertirse en una sombra más de la calle oscuramente lluviosa y silente.


"Grosera", pensó Loralee.


Notó entonces el terso contacto del papel doblado en la calidez de su mano. Era una nota de banco en papel imitando muaré antiguo de color rosa viejo. Sobre los espacios provistos: cuidadoso, sereno trazo. El numeral corroborando la cifra y avalado por su firma otorgaba al establecimiento dinero suficiente para mantenerlo abierto indefinidamente. Loralee se tumbó en el banco y lloró silenciosamente de arrepentimiento y felicidad.


Pedro F. Báez-May 2010



7 comentarios:

Edda dijo...

Que maravilla. Escribes con un corazón!
Ojalá todas las Miss y los Misters T hicieran lo que describes.
Un fuerte abrazo.

PD. Hoy no me he liado, jejejeje.

Suso dijo...

Vaya, que gran relato hoy amigo Pedro, muy bien escrito y con un gran fondo. Me ha gustado mucho, si.
Un fuerte abrazo

M. Angel dijo...

Hola Pedro, bonito regalo nos haces con este relato.

Saludos

M. Ángel

Susurros Mortales dijo...

Me ha encantado tu relato, es genial como todo lo que haces, mi dulce poeta, mi maestro.

Últimamente no tengo mucho tiempo para estar en internet, te echo de menos, tu voz me arrulla, me hace sentir bien y me hacía falta en estos días en los que estoy un poquito más sensible.

Espero que no me olvides mi querido poeta.

Besitos.

Rodolfo Cuevas dijo...

Saludo, Pedro hermano:
¿Sabes, algo?, tan sólo un humanista como tú podría escribir algo así... Es éste un relato bello, bien estructurado, impresionante y con un final impactante; pero, sobretodo, es muy humano... e incita a ser humano y solidario... Gracias, Pedro hermano, por compartir esta joya de la literatura con nosotros.
Desde Dominicana, para ti, envío mi mejor abrazo.

Pedro F. Báez dijo...

Edda, Suso, M. Ángel, Ana querida, Rodolfo: Con este poema termino el ciclo de relatos o ficciones muy cortas (microficciones) que inicié con "Fe", luego vino "Esperanza" (el más corto de todos; sólo tres oraciones) y ahora "Caridad", el más largo. Me alegra sobremanera que haya tenido este cuento tal recepción por parte de ustedes. Me agrada mucho y me honra. Besos, abrazos y mi agradecimiento para todos.

Sombragris dijo...

Hermoso relato...lleno de vida y que para mi engloba las tres virtudes de tu saga o ciclo...Caridad si ...pero compartes con nosotros en el fé y esperanza...una abrazo,maestro

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La Habana, Cuba, Los Ángeles, Estados Unidos
Nacido en La Habana, Cuba, el 3 de diciembre de 1960. Emigra a Estados Unidos en 1980, a través del éxodo masivo de Mariel. Ganador de numerosos concursos de poesía, literatura y ensayo en Cuba y Estados Unidos. Publica su primer poemario, "Insomnia" en 1988, con gran acogida por parte de la crítica especializada y el público. Considerado por críticos y expertos como uno de los poetas fundamentales y representativos de la llamada Generación del Mariel junto a Reinaldo Arenas, Jesús J. Barquet, Rafael Bordao, Roberto Valero y otros.