viernes, 11 de septiembre de 2009

REFLEXIÓN BREVÍSIMA SOBRE EL 11 DE SEPTIEMBRE


El 11 de septiembre de 2001 se vino abajo, con las Torres Gemelas de Nueva York, el concepto, la aserción, la noción tradicional de lo malvado posible. En unos minutos de dramático paroxismo fueron derribados los cánones de lo hasta ese día inconcebible.

Puede Estados Unidos ser responsable –como cada imperio en su marco histórico y en sus esferas de influencia – de las calamidades y vicisitudes de cualquiera o muchas partes del orbe. La hegemonía española en la Europa del mundo posmedieval y en América no fue precisamente una manifestación de poder imperial alentada por los dictados de la fe. Ni Inglaterra o Francia llevaron a cabo sus respectivas colonizaciones, consolidación de sus imperios globales o sus revoluciones burguesas e industriales para bien del mundo –como premisa – o del llamado Siglo de las Luces –como consecuencia –.

Babilonia, Egipto, Roma y Tenochtitlán fueron también imperios codiciados, odiados y luego destruidos.

Todo el que llega a la grandeza –de cualquier índole- por algún medio es, en algún momento y medida, envidiado si no vilificado, justificadamente o no.

No es este, sin embargo, un mundo de alabardas o cimitarras, o cañones de aceite y catapultas.

Este es el mundo legado a nosotros por la desconfianza entre estados, el ansia corrupta y desmedida de poder máximo e indisputable –imperialismo, nazismo, comunismo – las guerras de rapiña entre las principales potencias mundiales, dos ideologías diametral y frontalmente opuestas –y los experimentos socio-económicos de ambos campos filosóficos que crearon un mundo paranoicamente bipolar – y la locura singular y colectiva de un siglo pop maldito y galana, exquisitamente masoquista –herencia del átomo, del ántrax, del gas mostaza y el virus Ébola –.

El 11 de septiembre fue sepultada, de golpe, la poca inocencia que boqueaba en el mundo. Se produjo, desde la humareda, desde el fuego, desde la sangre vaporizada en vaho de horrores y sorpresas, aquella visión terrible, apocalíptica, inimaginable, cargada de oscuros presagios y pánicos augurios. No cayó un ejército o un castillo de oscuro, pestilente foso. Cayeron vidas inocentes y dos torres emblemáticas de un gran sueño humano y por ende, universal.

Rió el Demonio su risa de kerosenes, aviones destrozados y ventanas encendidas; entronizado, al centro del orbe, soberano absoluto, indiscutible, avasallador y majestoso en la potencia de su arrojo. Estuvo Dios, quizá, de rodillas –por un instante –, ahogado y aturdido entre humo y lágrimas de consternación y el coraje humillado de la impotencia común.

¿Cómo creer, de ahora en adelante, en la bondad, en el espíritu noble del hombre, de la Humanidad; qué esperar de su poder creativo y de su magnanimidad como especie planetaria si somos capaces de hacernos esto los unos a los otros –sea en las abrasadas junglas de Vietnam impregnadas de NAPALM o de Agente Naranja bajo la égida de la invasión norteamericana; sea bajo el cielo sombrío, oscurecido; roto cielo de una Manhattan en total desconcierto y despavorida?

La respuesta está en el llanto. En ese llanto nuevo que no conoce aún ni el miedo ni la maldad. Que no reconoce hora porque no se espera ni se detiene ante la metralla ni ante la lluvia o la muerte.

Ese llanto de criatura indefensa, de humano recién nacido es la única, la verdadera, la imperecedera esperanza del futuro. Mientras en cualquier parte del orbe nazca un niño, allí estará lo mejor del hombre y su historia, a pesar y por encima de los crímenes, de las deudas y de las impunidades.

Los recién nacidos no saben odiar, no saben de lenguas ni expresiones peyorativas o soeces; no saben de filosofías ni de religiones ni de fronteras; no saben de razas ni de colores ni de costumbres; no saben de dinero ni de cómo hacerlo ni cómo usarlo; no saben de la guerra porque la vacuidad de su universo interior les otorga la paz original de la carne dentro de la carne, tan olvidada, desprotegida y necesitada por todos.

Los recién nacidos no nacen malvados ni maldicientes, ni ocultos tras las máscaras de la desesperación o el desprecio. Los recién nacidos son los ángeles de esta dimensión cruda y vapuleada que nos ha tocado emparchar (cósmicos, risibles retaceros; usureros del odio con el tibor de la civilización coronando nuestra podredumbre y el descomunal pene de la idiotez fornicando siempre nuestro entrenalgas llagado de lúbricas necedades).

Mientras se escuche el llanto de un niño, no habrá pérdida ni muerte ni sacrificio en vano; ni amenaza de extinción en masa, ni proféticos desenlaces de apocalíptica y nostradámica enjundia.

Tendremos mañana –quiero decir, futuro –a pesar del hoy de cada día y del 11 de septiembre y de todos los 11 de septiembre que impregnan todos los holocaustos que a diario ha vivido y vive este mundo maravillosa e insoportablemente maniqueísta de impensables absurdos e incontables miserias.

¡Llora, niño, que tu llanto es amuleto contra la risa espantosa y gutural del Demonio! Llora, hijo, que llorando honras la memoria genética de una especie degenerada y perdida en repetidos intentos de cielo y fallidos amagos de paraíso…

Llora, dulzura, que tu llanto es un himno esplendoroso a los dioses y a los condenados por igual; a los héroes y los mártires de todas las religiones, de todos los ateísmos, de todos los agnosticismos; de todas las mitologías muertas. Ríe, hombrecillo en ciernes, que tu risa repica estentórea en esta caja hueca e imposible donde un día te dejara oculto tal vez como alivio, Pandora.



3 comentarios:

CharlyChip dijo...

Interesante y agradable lectura. Más por las letras de su autor que por la naturaleza humana de la que hablan.

Un cordial saludo

Pedro F. Báez dijo...

Gracias, muy amable. Me agrada que le haya gustado. Abrazos.

Thea dijo...

Realmente (y poeticamente) muy bien. Gracias por escribirlo.
De una idealista a otro, con amistad.

Mi foto
La Habana, Cuba, Los Ángeles, Estados Unidos
Nacido en La Habana, Cuba, el 3 de diciembre de 1960. Emigra a Estados Unidos en 1980, a través del éxodo masivo de Mariel. Ganador de numerosos concursos de poesía, literatura y ensayo en Cuba y Estados Unidos. Publica su primer poemario, "Insomnia" en 1988, con gran acogida por parte de la crítica especializada y el público. Considerado por críticos y expertos como uno de los poetas fundamentales y representativos de la llamada Generación del Mariel junto a Reinaldo Arenas, Jesús J. Barquet, Rafael Bordao, Roberto Valero y otros.