lunes, 26 de octubre de 2009

Alguien más en el espejo: el espectro de la soledad. Homosexualismo vs. sociedad vs. protagonista: breve estudio socio-psico-literario de la novela

Sinopsis: Búsqueda de esencias por parte del personaje central a través del psicoanálisis y la introspección.

Se plantea el conflicto homosexualidad vs. sociedad en el contexto de la vida de un hombre cuya rica experiencia permite adentrarnos en el complejo y sutil mecanismo de la subcultura homosexual enfrentada a los flagelos de la religión, la familia, la inflexibilidad social y el vacío de la insatisfacción personal.

“—No, no puedo conformarme, doctor. Pepe habla así porque él no cree en el amor. Él no cree que entre nosotros algo pueda durar. Me lo dice siempre: para nosotros no existe el futuro. Nuestro destino es estar hoy con uno y mañana con otro. Y yo no puedo aceptar ese destino. Necesito creer que es posible encontrar el amor…”

Esta confesión desoladora de Pedro Pablo resume la trama del libro Alguien más en el espejo de Carlos Miguel Suárez Radillo (La Habana, 22 de septiembre de 1919 - Madrid, 18 de abril de 2002) publicado en español en primera edición por editorial SLUSA, 1984; segunda edición de editorial Laertes, 1998; 273 páginas (ambas ediciones).

Suárez Radillo aborda el tema en toda su complejidad, entregándonos a través de la exposición de hechos y de autoanálisis del protagonista un cuadro de exhaustivo aunque cuidado realismo.

La premisa de la obra es el encuentro de esencias a través de la autoaceptación de una manera de ser diferente si no ajena a la que dicta la ‘moral’ que rige nuestra civilización.

Pedro Pablo no podrá aspirar a la resolución de su conflicto interno hasta que no aprenda a reconocer en sí mismo el gran tesoro humano que encierra , independientemente del sello con que la sociedad, rígidamente hipócrita, desee acuñarlo.

El primer obstáculo que encuentra Pedro Pablo en su afán de autodeterminación es la familia y su estructura matriarcal (el patriarcado en el núcleo de la familia occidental y específicamente, hispánica, es una ilusión creada por el machismo aparente de nuestra cultura). La madre, como figura de referencia se transforma, a los ojos del personaje, en un implacable inquisidor, aunque esto no sea totalmente cierto:

“…Creo que mi madre es un fantasma que yo me he fabricado.”

Esta percepción que Pedro Pablo tiene de su madre se distorsiona proporcionalmente a medida que sus deseos —con la toma de conciencia de su propia sexualidad— lo conducen a la satisfacción práctica de sus inclinaciones, creando en el protagonista un sentido de culpabilidad siempre en crescendo; ante la imposibilidad de revelarle a ella la verdad de sus acciones. Se produce así un cisma en las relaciones de madre e hijo; en un casi-juego desgarrador: ella, buscando la confirmación de una realidad que en fondo se niega a aceptar; él, negando la evidencia de una situación que en su fuero interno gritar para sentirse absuelto de remordimientos y dudas:

“… Yo me he aceptado como homosexual pero en el fondo sigo sintiéndome culpable de serlo. ¿Por qué? Porque mi aceptación no vale nada. Necesito la de los demás… sobre todo la de mi madre…”

Y en este momento de crisis interior, cuando la familia y las amistades de la primera juventud se transforman en círculo hostil, Pedro Pablo busca, equívocamente, el amparo de la religión a través del indulto y la guía espiritual de sus representantes —el clero católico—, quienes, lejos de hacerlo, se complacen en el vilipendio de su escarnio, dejando exhaustas las fuentes que hasta esa etapa nutrieron las raíces de su fe y su moral religiosas:

“… Durante mucho tiempo había vivido en función de mi catolicismo, sacrificando por él la satisfacción de mis deseos. A pesar de eso todos los sacerdotes a quienes había consultado afirmaban que ese sacrificio no era suficiente…”

La mediación imparcial de un psiquiatra en el asunto tiene un carácter simbólico —¿subconsciente para el autor?—, contrapuesto a la actitud de antagónico reproche o de libidinosa sugerencia que asumen los confesores del personaje en diferentes capítulos de la novela.

Se establece así una pugna intestina entre la intransigencia de los valores religiosos asimilados —el dogma que se desmorona ante el pragmatismo irreconciliable de las acciones— y la objetividad científica de un ‘observador’ laico capaz de aislar su formación social y sus prejuicios personales de la imparcialidad que requiere el caso que le ocupa.

Es curioso —aunque no privativo— notar la evolución del protagonista con cada sesión psicoanalítica. Esta se desarrolla desde el caos cronológico inicial —salpicado con toques de melodrama— a la serena objetividad en la narración de hechos no necesariamente posteriores a su decisión de consultar los servicios de un especialista; lo que sugiere una noción de paz mental si no espiritual para Pedro Pablo; de ordenamiento lógico y perspectivo de las ideas.

Suárez Radillo logra introducir al lector como co-partícipe en los cambios de estos estados anímicos —sea compartida o no la experiencia por la que atraviesa el personaje— a través de un ‘mecanismo pendular’ que oscila, llevándonos pro o contra reloj con cada avance y cada retroceso operado en el hilo de la trama.

Es válido señalar, asimismo, que a medida que el protagonista es capaz de enfocar y definir su propia situación, las figuras de la madre y el médico —bidimensionales durante el curso de la novela— y del padre —unidimensional y casi intangible desde el inicio de la narración— se diluyen aún más, ganando en incorporeidad paralelamente al perfilamiento cada vez más nítido de componentes del relato tales como Renato y el propio Pedro Pablo.

No es sino hacia el final de la novela que los caracteres de la madre, el padre y del psiquiatra —trasmutación de ambos— toman perspectivas inusitadas, altamente definidas y esclarecedoramente definitorias desembocando en la revelación de la psicopatología que desde la niñez plaga el subconsciente de Pedro Pablo: la magnitud del pene como símbolo ambivalente de potencia y destrucción y el subsiguiente culto de adoración al falo; el rechazo al “barbarismo” de la masculinidad; la repugnancia a ser identificado como “mariquita” o “loca” —empeño que a veces lo lleva a formular declaraciones pseudo-machistas; el latente complejo de Edipo que le acosa —hacia el final, trastocado en complejo de Electra; su desesperada búsqueda de un amor verdadero , exento del mero carnalismo que hasta ahora ha tipificado la índole de sus relaciones con otros individuos:

“… Asco, simplemente asco. Un asco físico, doctor, se lo aseguro. Sin culpabilidad… Y lo había hecho con él… por rabia, por despecho…, no por amor…”

De esta forma, Pedro Pablo se enfrenta al reto de su conflicto: intelectualmente apto para analizarlo; emocionalmente mutilado a la hora de resolverlo.

No basta la explicación racional del hecho como un suceso aislado, puramente individual. Es necesario elevarlo al contexto de la sociedad y sus normas de conducta ‘moral’.

Pedro Pablo no encontrará jamás la felicidad que ansía si no toma una de dos alternativas —cada cual implacable en la ruptura que representaría su radicalismo—: o acepta el reto, nadando a contracorriente; o rompe con el pasado inmediato, buscando la tolerancia de otra sociedad menos restrictiva, o, en su defecto, más indiferente —menos permeada por el quehacer de las marisabidillas, de la religión, del concepto hipócrita de la ‘moral’ y el ‘honor’ de la familia; de los arquetipos sexuales que popularmente degeneran en monstruosas aberraciones de la mente, engendradas por la ignorancia y la falta de comprensión imbuidas en el estrato-base más importante y dinámico de la estructura social en nuestro tiempo: el demos.

Nuestro protagonista opta, sin embargo, por la inercia que procrea la esperanza del azar:

“… Y apresurando el paso se dirige a la parada del autobús que lo llevará a casa, no my lejos de allí, donde sabe que estará solo. Solo… hasta que algún día…, quizá…”

Tal vez el rasgo más conmovedor de esta historia sea la intemporalidad de su marco histórico; la vigencia de los tipos que presenta, y de las situaciones que a que son sujetos —por voluntad propia o de las circunstancias—.

Sé que ahora, como treinta o cuarenta años atrás — o como hace un siglo, o un milenio— existen jóvenes que pudieran relatar hitos similares de sus vidas; como si fueran el reflejo de una tradición oral dolorosamente larga y escarnecida.

Alguien más en el espejo encierra en la superficie azogada de sus páginas esa inquietante virtud: la reflexión de cada quien que lo lee, sumada a la de los personajes que en ella cobran vida y a la presencia tangible del especto de la soledad.

Notas

Pág. 159: op. cit., Pág. 161; op. cit., Pág. 141; op. cit., Págs. 117, 118; op. cit., Págs. 188, 189; op. cit., Pág. 181; op. cit., Págs. 123, 189; op. cit., Págs. 144, 168, 226, 227, et al.; op. cit., Pág. 144; op. cit., Págs. 230, 231; op. cit., Págs. 243, 244; op. cit.

(Publicado originalmente —con ligeras correcciones en la presente versión— en La Nuez, revista de arte y literatura, Nueva York, Año 2, Nos. 5 y 6, 1990)

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1 comentario:

Yoli dijo...

Facinante, triste y bello. Quiero leerlo.

Mi foto
La Habana, Cuba, Los Ángeles, Estados Unidos
Nacido en La Habana, Cuba, el 3 de diciembre de 1960. Emigra a Estados Unidos en 1980, a través del éxodo masivo de Mariel. Ganador de numerosos concursos de poesía, literatura y ensayo en Cuba y Estados Unidos. Publica su primer poemario, "Insomnia" en 1988, con gran acogida por parte de la crítica especializada y el público. Considerado por críticos y expertos como uno de los poetas fundamentales y representativos de la llamada Generación del Mariel junto a Reinaldo Arenas, Jesús J. Barquet, Rafael Bordao, Roberto Valero y otros.